Esta vez todos como promoción tuvimos una experiencia
nueva, fue un reto para todos, también para mí. Pero al momento de lograrlo
pude sentir una gran satisfacción.
Nos habían preparado todo el año para este momento, si
bien solo eran un par de meses, habíamos entrenado corriendo para medir nuestra
capacidad y resistencia. Ya que el día sábado 23 de mayo correríamos una
maratón de 10 kilómetros como promoción, lo que es tradicional en nuestro
colegio para la inauguración de las olimpiadas agustinas del 2015. La tradición
indicaba que la promoción en su último año debía correr con la antorcha y
encenderla para iniciar las olimpiadas. Y a mí desde hace muchos años me había
fascinado la idea de que todos corramos como promoción.
Ya era el gran día y me sentían algo nervioso, cuando
llegué casi todos estábamos allí. Éramos muchos, un grupo de 130 personas por
lo que al principio apenas podíamos caminar.
Minutos después, ya abarcando toda la pista pudimos
trotar con total libertad, estableciendo siempre un rango máximo de distancia
entre todos, había también profesores que nos acompañaban en la maratón, y
estos veían que no ocurriese nada malo.
Todos íbamos con la idea de terminar la maratón y
pasado el primer kilómetro casi todos seguían corriendo. En mi caso, estaba
consciente de mis cualidades, es decir, sabía que podría terminar la maratón
pero me costaría bastante, la idea de dejar de correr y regresar al bus no
estaba en mi mente. No soy un deportista en todo el sentido de la palabra, pero
aun así me gustaba practicar deporte por lo que estaba acostumbrado a continuar
corriendo pese a estar cansado. Pero no fue hasta casi al final de la maratón,
que me pude dar cuenta realmente de mis capacidades y siento que gracias a esto
pude “crecer” por así decirlo en cuanto a mi resistencia.
A punto de haber recorrido todo el pentagonito (la
mitad de la maratón), nos detuvimos a descansar y un porcentaje pequeño del
grupo se había rendido y entrado al bus. Todos, desde los menos activos hasta
los deportistas estaban cansado. Y yo no fui la excepción.
Continuando con la carrera, ya sentía los efectos del
cansancio, aunque más que esto, el haber pisado mal en algún momento había
provocado una herida en la planta del pie, por lo que estaba más adolorido que
cansado.
Llegó un momento, a menos de 3 kilómetros de terminar
la carrera, que sentía que no podía seguir corriendo más, en ese momento fue
cuando sentí el trabajo en equipo como nunca lo había sentido antes, muchos de
mis amigos y compañeros me motivaban a seguir corriendo, aunque algunos estaban
incluso más cansado que yo. Porque todos sabíamos que nuestro objetivo era
acabar la maratón, pero no solos, nos tratamos de ayudar como equipo entre
todos, reduciendo la velocidad para que los más cansado pudieran alcanzarnos y
motivarlos para que pudieran continuar.
Ya habíamos llegado al colegio y me sentía menos
cansado que antes, por alguna extraña razón, habíamos llegado a la pista
atlética y todos nos recibieron con ovación y aplausos, lo que nos motivó a
correr aún más, incluso me dieron ganas de empezar a correr, lo que hice
durante unos segundos hasta que cuando menos me lo esperaba, lo había logrado
había, o mejor dicho habíamos logrado terminar la maratón. Sentí una sensación
de satisfacción y de comunidad que no había sentido hace mucho tiempo. Sentía también que ese sentimiento de comunidad y la solidaridad que desarrollé me ayudaron a cumplir mi objetivo.
Ya después de la maratón, reflexionando la
experiencia, podría decir que algo en mí había cambiado, como si hubiera
aprendido algo nuevo o desarrollado una nueva habilidad, creo que fue el no
rendirme y el que mi voluntad pueda trascender en mí cuerpo, que las ganas de
conseguir mi objetivo me harían conseguirlo pese a que mi capacidad lo impida.

